(Montaje)
Retrato pintado a pastel sobre papel de color gris.
20 x 35 cm
Abuela María,
muchos años hace que te fuiste, casi veintiocho, y aún te tengo presente en mi vida.
Quisiera decirte tantas cosas y no sé por dónde empezar...
Parecías una mujer débil, así te consideraban tus hermanos y hermanas, pero qué fuerte eras y cuánto sufriste en la vida. Así y todo jamás perdiste tu sonrisa, esa sonrisa que nunca olvidaré.
Fuiste una persona sencilla, buena, cariñosa, que nunca tuvo nada suyo. Me crie contigo y te conocía bien. Jamás hablaste mal de nadie, ni te quejaste de tus desgracias, todo te lo tragaste y quizás por eso poco a poco fuiste refugiándote en tu mundo hasta llegar a perder el contacto con el mundo real.

Te recuerdo cosiendo en tu máquina, aquella que no nos dejabas tocar. Era tu tesoro y ¿sabes? ahora la tengo yo, aunque desgraciadamente se rompió y no puedo coser con ella, pero la guardo como si estuviera nueva.
Recuerdo cuando me dictabas aquellas cartas que querías escribir a tu hijo, el más pequeño, el que se fue de tu lado tan jovencito. ¡Qué tiempos aquellos! No había ni teléfono ni otro medio de comunicación que la carta o el telegrama. Cómo sufrías por él y qué alegría te daba cuando venía a casa por Navidad.
Te casaste a los dieciocho años, sí que el abuelo tenía ocho más que tú, pero qué joven eras. Tuviste nueve hijos y la mala suerte hizo que cinco de ellos murieran siendo niños, ¡maldecida!, como decía la tita Antoñita.
No sabías leer ni escribir, no eras fuerte físicamente por lo que no podías trabajar en el campo, así que aprendiste a coser y te pasaste tu vida delante de la máquina. Por eso tenías aquellos dolores de espalda, la que se fue encorvando poco a poco hasta formar una chepa. te pasábamos la mano y te consolaba. Luego, aquellos dolores de cerebro, decías tú, te mareabas... ¿la circulación? quién sabe. Poco a poco los dolores desaparecieron y ya no te quejabas. Los últimos años de tu vida fueron los más difíciles, no para ti, suponemos, sino para tu hija, mi madre, que siempre estuvo a tu lado.
Cuando se murió el abuelo yo me acostaba contigo en tu cama, ¿te acuerdas? Al cabo de los años yo me casé y heredé aquella cama, de barrotes de hierro negro y barras doradas. Siempre que la limpio con sidol, como a ti te gustaba, me acuerdo de ti y de mi madre, siempre, siempre.

Tenías un pelo tan bonito, ondulado, fuerte y abundante y, al mismo tiempo, moldeable. Tus ojos eran pequeños, de color azul (los recuerdo perfectamente), vivarachos y llenos de dudas, de temores, de miedos... Esos ojos derramaron tantas lágrimas que poco a poco se fueron encogiendo quedándose secos, sin brillo...
Abuela María, yo te quería mucho y sé que tú también me querías a mí.
Me gustaría decirte tantas cosas... quizás este no sea el sitio apropiado, ¿verdad? Hay veces que es mejor callar y zambullirse en el silencio.
Pues me despido. Adiós, abuela. Cuando nos volvamos a encontrar regálame una sonrisa.